Simeone reniega de la moda

Verano de 2014. Diego Simeone ya era sensación en España y había ganado la Europa League, la Supercopa europea y la Copa del Rey con su renacido Atlético de Madrid. Su nombre encabezaba todas las encuestas para suceder a Alejandro Sabella después del Mundial de Brasil. Sin embargo, él tenía otros planes. “La selección es un lugar para un entrenador más grande. Hay que ver si en ese momento me quieren, ¿no?”, asumía en la intimidad. Poco después también lo hizo público. Pasaron más de tres años y piensa exactamente igual. Animal competitivo, Simeone necesita probarse todos los fines de semana. Necesita sangre, le sobra colmillo. Siente que los tiempos de una selección exigen sabiduría y tolerancia, mientras él vive de los impulsos, es puro vértigo. Le sobra espíritu de revancha y apetito de reivindicación, dos motores que encuentran campo en los retos frecuentes. La adrenalina de la selección es con cuentagotas, insuficiente para su exuberante -y en ocasiones desbordada- vitalidad.

Acepta que todavía no alcanzó la estabilidad emocional imprescindible para ese desafío. Y cita como ejemplos de sapiencia y pericia que tuvieron Luis Aragonés y Vicente del Bosque, que luego de los 60 años condujeron a España a la gloria. Quizá no haya que esperar tanto, ya el padre del Cholo, Carlos, le anticipaba a LA NACION que se lo imagina a su hijo en la selección “entre los 50 y los 55 años”. No ahora. No es el momento aún. Si convencer es un arte, Simeone necesita hacerlo desde una insistente pasión cotidiana. Algo invasivo, sí. Hoy exprime toda su veta de entrenador intervencionista. A días de cumplir 47 años, Simeone sabe que la clave de su persuasión está en la convivencia. Cree que en la selección todo se vuelve espasmódico, ligero, intermitente. Simeone maldice la resignación y cree que en la turbulenta vida de un club hasta se puede animar a acorralar al destino. Frenético, no acepta que le hablen de pausas. En el club, él pone las reglas; en una selección, tantos paréntesis encarcelarían su espíritu depredador.

Simeone precisa dejar una huella en los futbolistas. Siente que su evolución como entrenador también la puede mensurar desde el crecimiento de sus dirigidos. Griezmann, Gameiro y Oblak no eran éstos cuando llegaron a él; Courtois, Turan o Miranda no han sido los mismos después de él. Quizás esta generación argentina ya esté moldeada, con sus defectos y virtudes. Él propone un proyecto de grandeza, pero demanda 110% de sudor. Un prepotente del esfuerzo que huye de la palabra comodidad. “Ojalá la selección llegue en el momento exacto, ojalá coincidan los momentos. No creo que por ser el entrenador de moda seas el apto para la selección, creo que el entrenador de la selección necesita ser mucho más completo que el entrenador de moda”, explicó este año. De 2014 a 2017, siempre pensó igual. Nunca pide que lo comprendan, simplemente elige vivir así. Un tipo intenso que corre detrás de una imposición: ganar.

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